Javier Aoiz Orduna

Siempre me ha gustado dibujar y pintar. Así́ ha sido desde que alcanza mi memoria. Aunque procedo de una familia de clase media sin una tradición artística, he dibujado desde niño, como algo absolutamente natural, vocacional y necesario para mí.

De pequeño no había mejor regalo que una caja de ceras o un estuche con lápices de colores. Pintar forma parte de mi propio lenguaje y disfruto enormemente con ello. Recuerdo mis años de estudiante en la Facultad de Bellas Artes de Madrid como una de las etapas más felices de mi vida.

Hay muchos tipos de manifestaciones artísticas que me gustan, desde la gran pintura clásica hasta el expresionismo abstracto o el pop-art. Pero, para mi pintura, lo que realmente me interesa es la figuración (o “pintura representacional”, como decía mi querido maestro Antonio Zarco), que es con la que más me identifico.

Creo que uno, haga lo que haga en la vida, tiene que ser, por encima de todo, fiel a sí mismo a pesar incluso de las criticas negativas que pudiera haber. Por eso pinto bodegones y paisajes, figura a veces, porque me gustan y porque forman parte de mi realidad, de mi entorno y de mis viajes, porque forman parte de mi vida. Pocas veces he pintado algo que no haya experimentado, si no lo he vivido, no puedo sentirlo, y, por tanto, no puedo pintarlo.

En mis cuadros se puede observar claramente la realidad que me rodea, los objetos, las personas y los lugares que forman parte de mi experiencia personal. Todos ellos ejercen su papel protagonista y muestran, además, su lado más hermoso. Eso es, quizás, lo que trato de plasmar en mis lienzos: la belleza del mundo que asoma por mi ventana a través de mis ojos y mis sentidos y que pasa a formar parte de mi realidad.

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